Domingo 21º del Tiempo Ordinario
 27 de agosto de 2017

 

 

 

 Hijos del Dios de la vida

     Así nos podemos llamar con todo derecho, si es que nos comportamos coherentemente con esa denominación. Y la coherencia consiste en un firme compromiso con la vida de los hombres -mujeres y varones, por supuesto-, con el medio ambiente, con la lucha contra el hambre y la pobreza, por la libertad y la justicia y por la felicidad de todos. Por la vida toda; por la vida de todos.
     Con la seguridad de que nuestra vida está en manos de nuestro Padre, el Dios vivo.

 




Una promesa condicionada


     Israel se consideraba el pueblo elegido por Dios. Y lo era. Pero Dios lo había elegido -decíamos en el comentario a las lecturas de la fiesta de la Asunción- con un propósito concreto: servir de modelo a todos los pueblos. Y eso sólo lo podría ser si ponía en práctica el modo de vida contenido en las exigencias de la Alianza. Las promesas de Dios incluidas en las estipulaciones de la Alianza dependían siempre de una condición: la fiel puesta en práctica del proyecto de Dios.
     La experiencia de fe de Israel -la que revelan los textos bíblicos, especialmente los proféticos- nos muestra que la presencia de Dios en medio de su pueblo no se orienta sola ni principalmente a fomentar la religiosida, sino a la realización de un proyecto que exige la práctica de la justicia (Is 1,10-18) y que tiende a lograr que desaparezcan todas las amenazas contra vida del hombre en un mundo en paz (Is 11,1-9); cuando ese proyecto se cumpla, Israel habrá realizado su misión y podrá proponerse como modelo para el resto de la humanidad: «Aquel día la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos...» (Is 11,10).
     En la primera lectura, la promesa de Dios al pueblo, personalizada en la figura del mayordomo de palacio, se compara con un clavo hincado en sitio firme. Esa firmeza representa la fidelidad de Dios a su palabra, aunque el clavo acabará cediendo finalmente como consecuencia de la infidelidad del pueblo: el canto de la viña en el capítulo 5 de Isaías explica de manera poética, aunque con una extrema crudeza, las razones del fracaso de las promesas de Dios: «La viña del Señor de los Ejércitos es la casa de Israel, son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia, y ahí tienen: lamentos.» (Is 5,7).
 

La fidelidad de Dios

     El salmo expresa esta misma idea de la fidelidad de Dios a sus promesas indicando la raíz de esa fidelidad: un amor que no tiene fin: «Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos».

     Jesús de Nazaret es, en los evangelios, el cumplimiento la realización de todas las promesas de Dios, el amor de Dios realizado en carne humana. Los dos relatos de la multiplicación de los panes y los peces (Mt 14,13-22; 15,32-39) representan la realización de estas promesas, primero para Israel y posteriormente para la humanidad toda (el número de cestas que se recogen del pan sobrante simboliza a Israel -12- y a toda la humanidad -7): la justicia de Dios, que se revela en el hambre saciada de la multitud, ha llegado con Jesús de Nazaret.
     Y es precisamente este momento -inmediatamente después de la segunda multiplicación, la que apunta a la humanidad entera- el que elige Jesús para examinar a sus seguidores más cercanos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
     La respuesta que acepta Jesús como válida es la que revela que el nacionalismo excluyente que fue una de las causas -o, más bien, uno de los síntomas- del fracaso de Israel está empezando a ser superado: en Jesús, Pedro está descubriendo la presencia no del Dios de Israel, sino del Dios de la vida.
     Esa debería ser nuestra enseña. Los cristianos creemos en el Dios de la vida. El Dios vivo, causa de toda vida.
     Evidentemente que esta afirmación no quiere ser una afirmación de tipo científico, ni mucho menos el rechazo de las explicaciones que la ciencia busca para explicar el maravilloso fenómeno de la vida. La vida, tal y como la estudia la Biología deberá explicarse de acuerdo con los métodos de las diversas ciencias; pero la vida humana no es sólo biología, es mucho más; y ese mucho más es el que hace necesaria referencia al Dios de la Vida.


Primero el pan

     Que la vida humana no sea sólo la vida biológica no quiere decir que a Dios no le importe esa dimensión de la vida de los hombres. Al contrario, esa es la primera de sus preocupaciones, como muestran los dos relatos de la multiplicación a los que nos hemos referido antes. El Dios Padre de Jesús es sensible en su máximo grado al dolor del hombre; y una de las causas que más dolor produce -la historia y el presente así lo ratifican- es el hambre, amenaza permanente para la vida; y, además, el Dios de la vida es extremadamente realista: sabe que nada -ni la justicia, ni el amor, ni la solidaridad, ni la fe- puede interesar a un estómago crónicamente hambriento. Por eso de la primera bienaventuranza (Mt 5,3) surge la necesidad de un compromiso de lucha contra la pobreza y sus consecuencias -el hambre- y, sobre todo,  contra su causa: la injusticia.
     Cierto que, para que la vida del hombre sea plenamente vida y totalmente humana no basta con asegurar el alimento diario, ni la sola satisfacción de las necesidades materiales. La vida se hace plenamente humana cuando, gracias a la experiencia del amor, alcanza la felicidad anunciada y prometida en esas mismas bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Y es entonces cuando empieza a completarse el proyecto de Dios para la humanidad, lo que el evangelio llama el reinado de Dios.
 
Hijos del Dios vivo

     Cuando nos denominamos cristianos nos estamos identificando como partidarios de este Mesías que confiesa Pedro, seguidores del Hijo del Dios vivo. Y cuando llamamos Padre a Dios, nos estamos considerando como hijos de este Dios de la vida. Y, si nuestra oración es sincera, estamos asumiendo en primera persona el proyecto de humanidad que Él nos revela en Jesús de Nazaret.
     Esto tiene que tener necesariamente consecuencias ineludibles.
     En primer lugar el nuestro es un Dios vivo. No es una imagen de madera o de mármol; no es una fenómeno de la naturaleza, es un ser vivo, es la fuente misma de la vida.
     El Dios de Jesús no es un Dios ni de muertos ni de muerte. Nunca podrá ser considerado una amenaza para la vida del hombre: ni para la vida física, ni para la libertad, el amor o la felicidad, que completan y dan pleno sentido a la vida.
     En segundo lugar, nosotros, los hijos del Dios vivo, tenemos que vivir coherentemente con ese Padre que tenemos, comprometidos con la vida en toda su extensión:
     - con el medio ambiente, el ámbito vital en el que se desarrolla la vida de los hombres; la ecología no es un sentimiento romántico que idealiza las florecillas del campo y los pajaritos del cielo, sino una preocupación seria por la casa de los hombres, seriamente amenazada por la insensatez y la irracionalidad de un sistema preocupado exclusivamente por aumentar la riqueza... de unos pocos.
     - con la justicia, con un orden económico justo -por supuesto que la economía preocupa también a Dios: ¿no es la pobreza un concepto económico y no es el nuestro el Dios de los pobres? ¿No es el dinero el más peligroso competidor de Dios? (Mt 6,24)- que garantice el acceso de todos a los bienes necesarios para la vida.
     - con todos los demás valores -libertad, amor- que dan plenitud a la vida y la acercan a la felicidad.

     ¿Y la vida eterna? Seguro que esa pregunta ha surgido en alguno. Pero ¿cómo podemos estar preocupados por eso si somos y vivimos como hijos del Dios de la vida?

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